Las ciudades han crecido durante los últimos siglos. Un proceso durante el cual han ido generando rarezas, angosturas y heridas. Estas últimas complican las vidas de sus habitantes, las dificulta, las afea, las desluce.
Las oportunidades de restañar esas heridas son pocas, casi únicas. Fernando Porras Isla ha intervenido una de las heridas de Madrid, quizá la más grande. En su curación ha contemplado cómo se recogían las aguas de la sierra madrileña, ha observado cómo y por dónde se unían para llegar hasta el Manzanares, ha pensado sus orillas y las ha alargado para que lleguen hasta los Jardines de Sabatini, las ha subido incluso hasta la Plaza de España, hasta la mismísima puerta de Leclab.
¿Qué más heridas hay hoy en Madrid? ¿Y en otras ciudades? ¿Cómo afectan las heridas de una ciudad a sus habitantes? ¿Cómo entorpecen sus ratos de vida buena? ¿Y lo contrario? ¿Cuáles son los atractores –hipertrofias – de vida buena en la ciudad? ¿Cómo se crean y se disfrutan?
Las ciudades han crecido durante los últimos siglos. Un proceso durante el cual han ido generando rarezas, angosturas y heridas. Estas últimas complican las vidas de sus habitantes, las dificulta, las afea, las desluce.
Las oportunidades de restañar esas heridas son pocas, casi únicas. Fernando Porras Isla ha intervenido una de las heridas de Madrid, quizá la más grande. En su curación ha contemplado cómo se recogían las aguas de la sierra madrileña, ha observado cómo y por dónde se unían para llegar hasta el Manzanares, ha pensado sus orillas y las ha alargado para que lleguen hasta los Jardines de Sabatini, las ha subido incluso hasta la Plaza de España, hasta la mismísima puerta de Leclab.
¿Qué más heridas hay hoy en Madrid? ¿Y en otras ciudades? ¿Cómo afectan las heridas de una ciudad a sus habitantes? ¿Cómo entorpecen sus ratos de vida buena? ¿Y lo contrario? ¿Cuáles son los atractores –hipertrofias – de vida buena en la ciudad? ¿Cómo se crean y se disfrutan?
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