El siglo de las luces lo ha dejado todo tan iluminado que, a veces, ciega. En esas ocasiones, su legado se corresponde poco o nada con nuestras vidas. ¿De veras no hay lugar, entre tanta razón, para el dolor y la sombra? ¿Debemos seguir ninguneando dos realidades que son parte innegable de nuestro día a día (tan cercanas ellas a la belleza: lo primerito que nos llega, dijo Rilke, de lo terrible)?
La luz alumbra siempre, pero solo en ocasiones ilumina. La vida nos sobrepasa continuamente: miente el que lo niega, pospone el que disimula.
Con Donaire exploraremos cómo los clásicos se apañaban con esto de las zonas oscuras: desde aquello de la dualidad Eros / Tánatos, pasando por el toro (Knossos, rapto de Europa) y llegando al flamenco (seguiriya), intentaremos pensar, todos juntos, qué andamos haciendo con ello en nuestros días.
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Alberto Donaire nació en Úbeda en 1962. Su padre pintaba por las tardes en su estudio y él , con cinco o seis años, lo acompañaba mientras escuchaban música clásica y flamenco. A los nueve años se presentó a un concurso de pintura en Sevilla y lo ganó. Llegada a la edad universitaria, entró en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Enseguida alquiló un estudio y allí se entregó a la pintura. Poco a poco se fue dando a conocer en aquella Sevilla efervescente, y en dos o tres años ya se había hecho hueco en el arte contemporáneo. Sin embargo, con el éxito llego la crisis, al darse cuenta que era mucho más feliz ante un caballete con óleos que haciendo una acción artística para una galería o un museo. Desde entonces pinta ante el caballete, dejándose guiar por Diego Velázquez y encontrando inspiración en la luz de Doñana. Su obra pictórica es muy extensa, y compatibiliza su creación con la enseñanza de la pintura en su Taller del Aire. Treinta y cinco años de estudio, y aún está todo por hacer.
El siglo de las luces lo ha dejado todo tan iluminado que, a veces, ciega. En esas ocasiones, su legado se corresponde poco o nada con nuestras vidas. ¿De veras no hay lugar, entre tanta razón, para el dolor y la sombra? ¿Debemos seguir ninguneando dos realidades que son parte innegable de nuestro día a día (tan cercanas ellas a la belleza: lo primerito que nos llega, dijo Rilke, de lo terrible)?
La luz alumbra siempre, pero solo en ocasiones ilumina. La vida nos sobrepasa continuamente: miente el que lo niega, pospone el que disimula.
Con Donaire exploraremos cómo los clásicos se apañaban con esto de las zonas oscuras: desde aquello de la dualidad Eros / Tánatos, pasando por el toro (Knossos, rapto de Europa) y llegando al flamenco (seguiriya), intentaremos pensar, todos juntos, qué andamos haciendo con ello en nuestros días.
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Alberto Donaire nació en Úbeda en 1962. Su padre pintaba por las tardes en su estudio y él , con cinco o seis años, lo acompañaba mientras escuchaban música clásica y flamenco. A los nueve años se presentó a un concurso de pintura en Sevilla y lo ganó. Llegada a la edad universitaria, entró en la Facultad de Bellas Artes de Sevilla. Enseguida alquiló un estudio y allí se entregó a la pintura. Poco a poco se fue dando a conocer en aquella Sevilla efervescente, y en dos o tres años ya se había hecho hueco en el arte contemporáneo. Sin embargo, con el éxito llego la crisis, al darse cuenta que era mucho más feliz ante un caballete con óleos que haciendo una acción artística para una galería o un museo. Desde entonces pinta ante el caballete, dejándose guiar por Diego Velázquez y encontrando inspiración en la luz de Doñana. Su obra pictórica es muy extensa, y compatibiliza su creación con la enseñanza de la pintura en su Taller del Aire. Treinta y cinco años de estudio, y aún está todo por hacer.
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